“Ismael”, la entrañable estela de un niño por la Costa Brava

Como si se tratara de un ribete pespunteado sobre el borde de la Costa Brava, así se distribuyen las localizaciones de exteriores de la película Ismael, dirigida por el cineasta argentino Marcelo Piñeyro y protagonizada por los actores Mario Casas, Belén Rueda, Juan Diego Botto, Ella Kweku y el niño Larsson do Amaral. En la ciudad marinera, blanca y azul de Sitges, en torno a la enhiesta palmera que preside la plaza del Ayuntamiento, se extiende su casco histórico. Conforma un plató urbano sobre el promontorio de la Punta, que acoge el palacio de Maricel y las iglesias de San Bartolomé, Santa Tecla, la Fragata o las escaleras del espigón. En este cogollo, por la estrecha y serpenteante carrer de l’Aigua, una abuela tutela el viaje de su nieto en busca del padre perdido. Las escenas están abrigadas por el macizo del litoral del Garraf, el paseo de la Ribera o la playa de San Sebastián.

Aunque el guión de la película no designa una localidad concreta como lugar de residencia del disipado progenitor, el rodaje ubica su morada en el pueblo gerundense de Palamós, de quien el escritor estadounidense Truman Capote piropeó sus aguas comparándolas con el azul y la claridad de los ojos de una sirena. La casa se encuentra localizada en el litoral de esta población medieval, en la que abruptos acantilados cohabitan con playas de delicada arena, como la de Castell, que está considerada como la más virginal de la Costa Brava. El faro de San Sebastían, desde el que se divisa la localidad de Llafranc, fue testigo directo de las escenas que se rodaron en la elegante ribera urbana donde el niño Ismael se divierte en los columpios. Al fondo, la orografía rocosa d’en Blanc resiste a los fuertes vientos de ese extremo derecho de la bahía, conocidos como garbí.  

A buen seguro, la serenidad que cubre la atmósfera de cala Boadella, en el municipio de Lloret de Mar, es el estímulo que condujo al equipo de rodaje hasta esta pequeña playa de pulcro suelo, ornamentada por los jardines de Santa Clotilde, la atalaya que mima la mirada horizontal de los visitantes.

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